Victor Fosado en el MACG

Con mil diablos a caballo

Víctor Fosado pertenece a una generación privilegiada que se formó y trabajó en la ciudad de México en los años cincuenta y sesenta del siglo XX. La creación artística asumida como un campo de experimentación más allá de los límites disciplinares caracterizó la obra de varios artistas de esta generación. 
La trayectoria de Víctor Fosado está marcada por esta cualidad: músico, actor, pintor, orfebre y promotor cultural, se desarrolló en permanente colaboración con sus contemporáneos. Actor de cine en películas como El topo (1969) de Alejandro Jodorowsky o Reed México insurgente (1970) de Paul Leduc, en la música experimentó con instrumentos indígenas a lado de Antonio Zepeda y como integrante del grupo Escorpio en ascendente de Juan José Gurrola, diseñador de esculturas portantes, piezas de joyería, en las que integró obras miniatura de artistas como Arnaldo Coen; dueño y promotor de un espacio único el café Las Musas, ubicado en el centro de la ciudad, escenario de exposiciones y conciertos y lugar de reunión de los artistas jóvenes que impulsaban el movimiento cultural en la ciudad de México.
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Víctor Fosado. Con mil diablos a caballo, es una exposición que propone no sólo un recorrido por la obra de este artistas multifacético sino también una mirada a la ciudad de México de esos años a través de las obras de Fosado y de diversos artistas que formaban parte de su amplio círculo de intereses y colaboraciones, la exposición también muestra una serie de documentos que en conjunto con la obra hacen un recuento de una época de transformaciones.

“Víctor Fosado, formado familiarmente en el conocimiento del hallazgo, vive sus pasiones de orfebre, de artista, de etnógrafo, aplicándose, al crear cada objeto, a la combinación más sabia y rigurosa de las formas sorpresivas”.

-Carlos Monsiváis

Honor a quien honor merece
Además del incuestionable aval que se despliega por la cualidades de un hábil diseño marcadamente personal, y el consecuente eco de ese en una insólita perspectiva escultórica, apuntada esmeradamente en la prolija dimensión de su orfebrería, la presencia de Víctor Fosado en el Museo de Arte Carrillo Gil esta gratamente determinada por un valor que hoy día resulta no solo epiceno en la proyección cultural, sino particularmente consustancial en el discurso de la estética contemporánea: el proceso interdisciplinar. De ahí que ésta ecléctica muestra de la efusiva imaginación y de la operación creativa que fluía por el cuerpo de este singular “hoyo que se abre en la tierra” (que es lo que quiere decir Fosado en una antigua forma española) resulte en efecto vigente y profunda. Experiencia que enfoca en sus destrezas menestrales (conjugadas en la exploración de la plata, el cobre, o el discernimiento simbólico de las piedras), su ingenio musical (fundado en una investigación acuciosa de las propiedades de las percusiones y los alientos prehispánicos, pero igual con respecto a una búsqueda original en el jazz, el rock progresivo, u otras ecuaciones sónicas), sus relaciones con el cine (como figurante breve, pero decisiva), con sus destellos en el teatro experimental (sus fugas en forma de happenings), o incluso en la suma de todo estos pulsos artísticos, acaso si como un inquieto diletante, pero entendido este término no peyorativamente, sino como un atributo digno de orgullo y de la admiración de muchos que a lo largo de más de tres décadas aplaudieron sus exquisitas variaciones camaleónicas.
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El privilegio de la presencia de Fosado en este Museo, como si no fuera suficiente con lo antes confirmado, es también por su importante protagonismo en el ejercicio de la difusión de la cultura mexicana. No muy diferente a sus aportaciones creativas, igual de amplias, puntuales en el deseado avance de un panorama de modernidad, y lo mismo honestas y comprometidas con sus fuentes peculiares, acreditemos sus generosas tareas, tanto en favor del rescate de lo vernáculo y la artesanía nacional, como en beneficio de las trayectorias y las obras de otros artistas plásticos de un momento radiante de un país que velozmente se transformaba en una realidad que sería un poco más que una apariencia de progreso internacional.
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No sobrará subrayar que en la obra y el trabajo de promoción cultural que perpetró Fosado –“¡con mil diablos a caballo!” era su frase de batalla- no circula distensión; ni entre las estéticas y los estilos imbricados (la pintura abstracta igual de sustancial que la figurativo, y viceversa, en aquellos momentos donde categóricamente o estabas con una o con otra) en lo suyo, o en las obras de sus secuaces. Mucho menos en el seguimiento de una u otra perspectiva que relacionara maneras de expresión. Efectivamente, en su rol de impulsor atendía lo mismo a la artesanía como al arte, a la música como a la palabra, a lo internacional como a lo local. Y sobre este aspecto, debe destacársele como un agente desprejuiciado y adelantado a su tiempo, una especie de postmoderno sin cortapisas, enunciando no solo la asimilación de las vanguardias contemporáneas del mundo, como a lo nacional, del cual fue un absoluto estudioso y profundo investigador de la cosmogonía mesoamericana.
Fosado fue, ¡es! catalizador de energía humanista. Renacentista. Oxígeno en el vibrante flujo de la identidad universal. Y como Alvar Carrillo Gil, con quién tiene muchas similitudes por la amplitud de sus respectivas determinaciones, factótum eterno. Por consiguiente, esta retrospectiva de su obra y su interesante paso por este planeta; consignación de lo antes dicho, y su sensibilidad, su talento, su curiosidad, su inteligencia, su fraternidad y su generosidad, esparcidos por el MACG, que refuerzan los cables y las antenas que esta institución ha entregado desde hace más de cuatro décadas, al ritmo de utopías, solidaridades, y del espíritu humanista que los artistas y el pueblo mexicano todavía están dispuestos a comunicarse.
-Texto de: Guillermo Santamarina, curador en jefe del MACG.

 

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