Esplendores y miserias. Imágenes de la prostitución, 1850-1910

El Musée d’Orsay presenta su primera gran exposición sobre el tema de la prostitución. Esta muestra intenta reconstituir la forma en la que los artistas, tanto franceses como extranjeros, fascinados por los actores y los lugares de este hecho social, han buscado sin tregua nuevos medios pictóricos para representar sus realidades y fantasías.

De la Olympia de Manet a Absenta o Ajenjo de Degas, de las incursiones en los prostíbulos de Toulouse-Lautrec y Munch, a las atrevidas figuras de Vlaminck, Van Dongen o Picasso, la exposición procura mostrar el protagonismo central que desempeñaba este mundo intérlope, en el desarrollo de la pintura moderna. El fenómeno también se contempla en sus dimensiones sociales y culturales, a través de la pintura de Salón, la escultura, las artes decorativas y la fotografía. Un amplio material documental permite por fin evocar el estatuto ambivalente de las prostitutas, del esplendor de las “demi-mondaines” o cortesanas, a la miseria de las “pierreuses” o prostitutas callejeras.

Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901)Au Moulin Rouge1892-1895Huile sur toileH. 123 ; L. 141 cmThe Art Institute of ChicagoHelen Birch Bartlett Memorial Collection, 1928.610 © The Art Institute of Chicago
Henri de Toulouse-Lautrec  / Au Moulin Rouge / The Art Institute of ChicagoHelen Birch Bartlett Memorial Collection, 1928.610 © The Art Institute of Chicago.

“Pierreuses”, prostitutas que ejercen clandestinamente en descampados, en las profundidades de la noche, chicas “con tarjeta” e “insumisas” que ofrecen sus servicios en el espacio público, “verseuses”, que fomentan el consumo de alcohol, empleadas por las cervecerías de mujeres, pensionistas de prostíbulos, cortesanas que reciben a sus admiradores en su lujoso palacete particular… En el siglo XIX, la prostitución adopta múltiples rostros.

Este carácter proteiforme e inclasificable ha obsesionado constantemente a novelistas y poetas, dramaturgos y compositores, pintores y escultores. La mayoría de los artistas del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX han enfocado los esplendores y miserias de la prostitución, que también se convirtió en un tema predilecto para los medios incipientes, como la fotografía y posteriormente el cine.

Fue en particular en París, entre el Segundo Imperio y la Belle Epoque, que la prostitución se afirma como tema, en obras vinculadas con corrientes tan diversas como el academicismo, el naturalismo, el impresionismo, el fauvismo o el expresionismo. La ciudad se encuentra entonces en plena metamorfosis: nueva Babilonia para algunos, “Ciudad Luz” para otros, ofrece a los artistas cantidad de nuevas ubicaciones (salones de la alta sociedad, palcos de óperas, prostíbulos, cafés, bulevares…) donde observar el baile codificado de los amores tarifados. En estas representaciones, a menudo contrastadas, se mezclan a la vez escrupulosa observación e imaginación, indiscreción y objetividad, enfoque clínico y fantasías desenfrenadas. Pero, por muy singulares que sean, todos estos enfoques hacia el mundo de la prostitución son exclusivamente de artistas masculinos. Asimismo, detrás de la evocación de los placeres y de los males, de los ascensos fulgurantes y de las vidas miserables, lo que se vislumbra también es el peso de la condición femenina, en la época moderna.

En la segunda mitad del siglo XIX, mujeres honradas, prostitutas ocasionales, clandestinas o registradas oficialmente, se mezclan hasta confundirse en el espacio público. Durante las horas del día, cuando cualquier forma de prostitución explícita está proscrita, prevalece la ambigüedad. De esta confusión resalta una dificultad para definir lo que es la prostitución, determinar dónde empieza y dónde acaba.

En los ámbitos populares, las mujeres que ejercen oficios humildes (obreras, modistas, floristas, lavanderas…) cobran salarios demasiado insignificantes para poder permitirse alojarse y alimentarse correctamente, máxime si tienen una familia a su cargo. Por lo que algunas recurren puntualmente a la prostitución, para obtener ingresos adicionales. La mirada de los paseantes que se gira hacia la Lavandera de Dagnan-Bouveret parece buscar una señal de disponibilidad sexual en la joven.

Giovanni Boldini / Cruzando la calle ©Sterling and Francine Clark Art Institute, Williamstown, Massachusetts, USA / Photo Michael Agee / Bridgeman Images
Giovanni Boldini / Cruzando la calle ©Sterling and Francine Clark Art Institute, Williamstown, Massachusetts, USA / Photo Michael Agee / Bridgeman Images.

Las “chicas públicas” se desvanecen, por su parte, entre la muchedumbre y solo se distinguen por sus palabras, gestos (al levantar la enagua para descubrir una botina), poses estudiadas o expresiones significativas (sonrisa discreta, mirada furtiva o sostenida), como lo muestran las obras de Boldini o Valtat. Estas identidades movedizas, esquivas, fascinan los artistas que restituyen el clima equívoco del París moderno en las obras en las que sus contemporáneos perciben alusiones más o menos codificadas del universo de la prostitución.

La prostitución callejera se organiza principalmente alrededor de los cafés, establecimientos a los que una mujer honrada nunca acudiría sin ir acompañada. Las terrazas son emplazamientos estratégicos para aquellas que buscan clientes, visibles a la vez desde el interior del establecimiento y desde la calle. A “la hora de la absenta”, al finalizar la tarde, esperan la llegada de los clientes, sentadas en una mesa delante de una copa de alcohol, un cigarrillo en la mano, como lo sugieren las obras de Manet, Degas y Van Gogh.

Edouard ManetLa ciruela© Courtesy The National Gallery of Art, Washington
Edouard Manet / La ciruela ©Courtesy The National Gallery of Art, Washington.

En el último tercio del siglo XIX, con la liberalización del comercio de lugares de venta de bebidas, conforme el número de prostíbulos va disminuyendo se multiplican las “cervecerías de mujeres”. Las “verseuses” hacen que los clientes beban, simulando relaciones de seducción. Algunas de entre ellas ejercen una prostitución clandestina, tanto fuera como dentro del establecimiento.

Vincent van GoghAgostina Segatori sentada en el café Tambourin - pandereta© Van Gogh Museum, Amsterdam
Vincent van Gogh / Agostina Segatori sentada en el café Tambourin – pandereta ©Van Gogh Museum, Amsterdam.

Los cafés-concierto y cabarets, cuyo número va creciendo constantemente a finales del siglo, también son focos de prostitución que representan artistas como Toulouse-Lautrec o Forain. En el escenario actúan mujeres de diversos talentos que se ilustran en un registro de canciones y bailes licenciosos. Algunos establecimientos, como el Moulin Rouge o las Folies-Bergère, atraen un público principalmente formado por turistas extranjeros que acuden tanto para apreciar el espectáculo en la sala, como la posibilidad de encuentros venales por los pasillos.

La prostitución, prohibida en pleno día, está autorizada para las chicas con tarjeta cuando cae la noche, en el momento en que se encienden las farolas. Este momento coincide con la hora a la que salen del taller las obreras, y algunas se prostituyen ocasionalmente. Si, durante el día, las mujeres venales cultivan apariencias equívocas, sus actitudes se transforman, conforme se metamorfosea el paisaje urbano alumbrado con gas y posteriormente con la electricidad.

Ya sea prostitutas de baja categoría o destacadas cortesanas, las “bellas de noche” saben poner de relieve sus encantos gracias a la luz artificial, como lo muestran las obras de Anquetin, Béraud o Steinlen. Eligen a propósito detenerse a proximidad de una fuente de luz y juegan con “el brillo mágico de las farolas” o los enfoques de “luz cruda” para que resalten mejor sus rasgos maquillados, en la oscuridad. Al exhibirse así a la mirada de los paseantes, la prostitución se hace visible de noche, allí donde de día era discreta. Parece entonces invadir el espacio público, como lo demuestran numerosos escritos de la época.

Frecuentada por la alta burguesía y la aristocracia, la Ópera es el teatro de una prostitución de alto copete que puede adoptar varias formas. Los abonados, reconocibles por su traje negro y su sombrero de copa alta, tienen algunos el privilegio de poder penetrar en el Foyer de la danza, espacio privado que genera todo tipo de fantasías relacionadas con estar entre bambalinas. Entonces, como lo muestran las obras de Degas o Béraud, pueden conocer a las señoritas de la ópera, o bailarinas más conocidas con el nombre de “rats” (ratas). Estas proceden en mayoría de un entorno modesto y son sus madres que sueñan con un mejor destino para ellas, quienes las matriculan en la Escuela de Danza. Aunque la paga de las jóvenes bailarinas sea insignificante, la posibilidad de conocer a un rico e influyente “protector” basta para que la profesión sea atractiva.

Edouard ManetBaile de máscaras en la Ópera© Courtesy The National Gallery of Art, Washington
Edouard Manet / Baile de máscaras en la Ópera ©Courtesy The National Gallery of Art, Washington.

La sala de la Ópera de la rue Le Peletier y posteriormente del Palais Garnier es particularmente propicia para los encuentros venales, durante el periodo del carnaval cuando se celebran grandes bailes de disfraces. La parte delantera del foyer se llena entonces de hombres con traje negro que se codean con mujeres jóvenes de rasgos disimulados detrás de una máscara o un “dominó”, capa de carnaval. Este tema del baile de máscaras que fomenta las intrigas galantes inspira varios artistas incluidos Giraud, Manet y Gervex.

Lugar de la apariencia, la Ópera está muy indicada para permitir a las “demi-mondaines” o cortesanas exhibir su triunfo. La escalera de honor por la que pasan y los palcos en los que se acomodan, son marcos selectos para mostrar sus más bellos atuendos y sus más valiosas joyas.

Henri GervexEl baile de la Ópera, París© Photo courtesy of Galerie Jean-François Heim, Basel / cliché Julien Pépy
Henri Gervex / El baile de la Ópera, París © Photo courtesy of Galerie Jean-François Heim, Basel / cliché Julien Pépy.

Las “casas de tolerancia”, prostíbulos, están en el centro del sistema reglamentarista que surgió bajo el Consulado. Su existencia fue legalizada en 1804, de modo a permitir una vigilancia policial y médica eficaz de las pensionistas, ya que cada una de entre ellas estaba inscrita en el registro de la alcahueta y se le asignaba un número.

Aunque desde el origen existían establecimientos muy contrastados, que van del “antro para marineros” a la casa de lujo (“alta tolerancia”), el incremento de la prostitución clandestina, a finales de siglo, redujo el número de los prostíbulos, mientras que el de las cervecerías de mujeres no dejó de crecer. Solo se mantienen los establecimientos más distinguidos, de exuberantes decoraciones, destinados a una clientela adinerada.

Lugar cerrado por naturaleza, el burdel es una especie de laboratorio para los artistas en busca de temas modernos y de una renovación del tratamiento del desnudo femenino. Para los dibujantes satíricos como Rops y Forain, es una forma de revelar el lado oscuro de la sexualidad burguesa. A finales de la década de 1880, jóvenes artistas de vanguardia como Émile Bernard y Louis Anquetin representan el universo de los prostíbulos, desde el aburrimiento de los largos momentos de espera, hasta la transformación de las actitudes, con la llegada de los clientes.
Toulouse-Lautrec proporciona, como nadie, un rostro a las prostitutas de su época. No las pinta en mujeres fatales ni en víctimas de la sociedad, sino como mujeres ordinarias, acaparadas por sus actividades diarias. En 1893 y 1894, el artista comparte la intimidad de las “chicas” de las casas de la rue d’Amboise y de la rue des Moulins. En los testimonios pictóricos que deja de estos encuentros, da la impresión de una vida tranquila aunque muy melancólica.
La llegada de la fotografía, en 1839, inaugura una nueva era de figuración del cuerpo y del consumo de la sexualidad. A partir del momento en que pueden captar lo vivo, gracias a un tiempo de pose reducido, los fotógrafos exploran la representación de los rostros y de los sexos. La precisión y la finura de los detalles que ofrecen los daguerrotipos y posteriormente el relevado en papel albuminado, permiten una expresión excepcional del grano y de la transparencia de la piel, de la implantación de la pilosidad, de las expresiones matizadas de la mirada y de la sonrisa. La coloración de las carnes, ojos y accesorios viene reforzando la ilusión de lo real. La aplicación de la estereoscopía, al medio, finaliza esta estremecedora impresión de un cuerpo que podemos detallar y escrutar en su volumen, gracias a la práctica solitaria que permite una visionadora.
AnónimoSin títuloRevelado sobre papel albuminado (formato vertical) coloreado y pintado sobre cartónParís, Bibliothèque nationale de France© Photo BnF
Anónimo / Sin título / Revelado sobre papel albuminado (formato vertical) coloreado y pintado sobre cartónParís, Bibliothèque nationale de France ©Photo BnF

Vendidas clandestinamente, estas imágenes son el resultado de una relación entre un modelo, un fotógrafo y un destinatario que reproduce el triángulo formado por la prostituta, el proxeneta y el cliente. Igual que la mujer real que se expone en el salón del prostíbulo, tienen por objetivo la excitación sexual. Al consumir una imagen, el espectador se convierte el mismo virtualmente en cliente.

Debido a la prohibición social de hacer público lo que sucede en los prostíbulos, pero también a la dificultad técnica del ejercicio (material voluminoso, emulsiones poco sensibles que requieren mucha iluminación), tanto los fotógrafos, como los pintores o los escultores, componen en su estudio cuadros vivos y fantasías que reconstituyen la intimidad de las “casas especializadas” del Segundo Imperio.

Se recrean de este modo escenas de salones y de alcobas, con un lujo de detalles, gracias a la utilización de decorados adaptables, telas pintadas y cantidad de accesorios. Los figurantes, modelos pagados, amigos o miembros de la familia, las animan y hacen que sean a menudo muy realistas.

Estos lugares de sociabilidad masculina, se presentan como promesas de iniciación, de voluptuosidad y de transgresión. A muchos sainetes se les da más consistencia con una pizca de erotismo que excita al burgués sin perjudicar su reputación: vestidos que suben para mostrar las piernas, blusas entreabiertas, mujer joven aseándose o lánguidamente abandona durmiendo.

Jean-Louis ForainEl cliente© Photo courtesy of the Dixon Gallery and Gardens, Memphis
Jean-Louis Forain / El cliente ©Photo courtesy of the Dixon Gallery and Gardens, Memphis.

De esta forma, la exposición recorre la historia hasta el siglo XXI por medio de las obras de muchos otros pintores.

Podrá ser vista del 22 septiembre 2015  al 17 enero 2016.

Horarios: 9:30-18:00
21:45 los jueves
cerrado los lunes

Tarifa normal: 11 €
Tarifa reducida: 8,50 €
Menores de 18 años, membresía: gratuito

Musée d’Orsay
62, rue de Lille
75343 Paris Cedex 07
Francia

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